martes, 12 de mayo de 2009

COTOS


El sábado, los panolis volvieron a media tarde de casa de los padres de la rubia. Como de vez en cuando me gusta darles cancha, me acerqué a los pies del calvo a ronronearle un poco. Que para qué: su pantalón echaba una peste a perro que te cagas. Me metí debajo del sofá y no salí hasta que se lo quitó.

Según cuentan, el perrucho ése ya está algo más crecido. Que debe ser cierto, porque ya te digo, apesta cosa mala. Qué asco de animales.

Y encima, ahora al calvo le ha dado por controlarme. Para joderme, deja siempre cerrado el armario del vestidor, y me quedo sin cajones ni toallas donde acostarme. Yo, la verdad, te diré que últimamente me columpiaba un poco: empecé metiéndome en el cajón de las bragas y últimamente ya dominaba el armario entero. Y además, desde la estantería de arriba, iba pescando con la pata los calcetines del calvo. Que cuando llegaba y veía la montaña de calcetines en medio de la habitación, se ponía que parecía que le iba a dar algo.

Es cierto que quizá me sobrestimo. Siempre pienso que lo voy a torear, y, de vez en cuando, le da por ponerse en su sitio.

Es lo que hacen todos los cobardes: atreverse con el más débil.

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jueves, 7 de mayo de 2009

REENCUENTROS


Aquí estoy otra vez. Sí, ya lo sé, te he tenido abandonadísimo. No esperes que te pida disculpas: ya sabes que no soy de ésas.

En todo este tiempo, no he escrito, básicamente, porque no me ha apetecido. Que no me ha dado la gana, vamos. Habrá sido el cambio de estación, vete a saber.

Pero en fin, lo que cuenta es aquí me tienes. Físicamente no he cambiado mucho. Algún gramo de más, algún centímetro más alta. Pero poca cosa. Ya llego casi al año, y según la veterinaria, mi crecimiento ha tocado techo. Es lo que hay.

Según los estándares, ya soy adulta. Yo, la verdad, me noto igual. Psicológicamente, quiero decir. Total, sigo haciendo lo que me da la gana.

Ahora he cogido la costumbre de acostarme en la estantería de las toallas. Como ya va entrando el buen tiempo, dan menos calor que las mantas, y son igual de mullidas, sino más.

El sofá lo tengo destrozado, y el canapé de la cama de matrimonio va por el mismo camino. Qué quieres: en algún sitio tendré que hacerme las uñas.

Y no me vengas con los rascadores ésos absurdos. En confianza, te diré que esos rascadores son una estafa total, un sacacuartos. Cualquier gato te los tiraría a la cara, si pudiera.

Los panolis siguen como siempre, a lo suyo. El calvo no hay manera de que adelgace, pero la cerveza no la deja, menuda barriga, y la rubia, yendo en bici, se ha lesionado una cadera. No sé qué del trocánter o algo así, yo es que a estas cosas no les presto mucha atención. Cada día va a la fisioterapeuta y sale igual que entra.

La rubia sigue con el cochezucho ése que se compró de segunda mano, te acordarás. Por las mañanas, al arrancarlo, hace un ruido que te cagas. No te quiero decir cuando, a veces, llega a las tantas de trabajar. La perra del vecino, en cuanto lo oye, se lía a ladrar. Y para que la pánfila ésa ladre.

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miércoles, 18 de febrero de 2009

IMPOSTURAS


Al parecer, los padres de la rubia estrenan perro. Lo sé porque los panolis, el otro día, llegaron a casa comentándolo. Volvían de la visita quincenal, y todo eran referencias al chucho de los cojones: que qué mono, que qué simpático, que si parece el del anuncio del Scottex. Hasta se pusieron a ver fotos en el portátil, que yo, por supuesto, atisbé desde detrás del sofá.

El perro no deja de ser un sieteleches, aunque un ojo inexperto podría llegar a confundirlo con un cachorro de labrador. Yo, sin embargo, que, viniendo de la calle, estoy ducha en las diferentes razas de cánidos que pueblan la urbanización, advierto el tongo al kilómetro. La risión será cuando pasen los meses y el bicho apenas levante tres palmos del suelo, a años luz de la pretendida corpulencia que se le espera.

Los halagos, hay que decirlo, venían mucho más de la rubia que del calvo. Él, aunque sin llegar a mis extremos, tampoco soporta a los perros. No dejó de verlo gracioso, pero sin más.

El calvo y los perros es que no se llevan desde tiempos inmemoriales: de pequeño, les tenía pavor -de hecho, aún se lo tiene-. El calvo, es ver un perro de cierta talla y ya está acojonándose. Si no sale corriendo es por el qué dirán.

Una vez, a los cuatro o cinco años, cogió una enfermedad rarísima que lo tuvo en un tris de irse al otro barrio. El pediatra dictaminó que se la había contagiado un perro. El pasmo familiar fue grande: pero si no se acerca a uno a menos de quince metros. Según el médico, el parquecillo donde el calvo jugaba con la arena debía estar contaminado de tanto can que cagaba por allí, y de ahí la infección.

Ligando todo esto con el sieteleches del principio, parece que el animalito, de tan pequeño, no puede salir aún a la calle a aliviarse, así que se desahoga en un periódico. Va a ser por eso que el calvo siempre dice que cierta prensa sólo sirve para limpiarse el culo.

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lunes, 2 de febrero de 2009

RECAÍDAS


Esta noche, E. ha vuelto a aparecerse en los sueños del calvo. Él, rebobinado a su preadolescencia, con una carta de amor en la mano, llegaba al domicilio de la niña, que, contra pronóstico, lo recibía con cordialidad. Acto seguido, el calvo le entregaba la carta, que ella leía con arrobo, para, al terminar, proclamar que sí, que lo correspondía, que, secretamente, se había enamorado de él en el mismo instante en que se conocieron, el primer día de parvulario. El calvo, maravillado, escuchaba por fin las palabras que durante tantos años había anhelado: serían novios, irían al cine y al parque de la mano, ante los ojos de todos.

Tras un casto beso en los labios, E. lo acompañaba hasta la puerta, donde su madre, encantada, daba al calvo la bienvenida al clan. Tras la despedida a tres bandas, el calvo esperaba el ascensor, incapaz de asimilar tanta felicidad.

En ese momento, el calvo ha sentido caerle el orbe sobre los hombros. Aterrorizado ante el sobresalto producido por un estruendo de origen desconocido, se ha incorporado tirando las mantas -y a mí con ellas- al suelo. Sobre la mesilla de noche, el móvil de la rubia, olvidado, recibía una llamada. El teléfono, en modo vibrador, transmitía su frenético movimiento a la mesilla, que, a su vez, lo proyectaba en el parquet, unido todo el conjunto en un runrún enloquecedor.

Con el corazón saliéndosele del pecho, ha apagado el móvil y ha llamado a la rubia al trabajo para avisarla del descuido. Poco a poco, su respiración ha ido acompasándose. Aterido ante el atracón de realidad, indignado, asqueado ante la enésima reapertura de la herida, ha considerado correr a la cocina a apurar la botella de vino que abrió anoche para la cena. Al final, ha desechado la idea en beneficio de una vulgar tila.

Y cómo sé yo todo esto, dirás. No tengo, no, dotes clarividentes: él mismo, a falta de otra compañía con la que desahogarse, me lo ha contado. Mientras me relataba cómo, hacía escasos segundos, su ya suegra le acariciaba afectuosamente el hombro, invitándolo a la paella familiar del domingo, me mantenía inmovilizada reteniéndome las patas delanteras con ambas manos.

Cuando por fin me ha dejado libre, he ido a la cocina a beber agua. A mí es que el patetismo ajeno tiende a darme sed. Me ha parecido oír unos sollozos, pero no he hecho caso.

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viernes, 30 de enero de 2009

RASTROS


La rubia lleva un tiempo enganchada al Facebook ése. El calvo, sin embargo, se resiste. Y no es porque no le guste chafardear en las vidas ajenas -que le pierde-, sino que le inquieta que sus antiguos compañeros del colegio lo juzguen poca cosa, a la luz de sus circunstancias.

Y, a decir verdad, tampoco me extraña: de sus excondiscípulos, el que no es escritor, trabaja en Estados Unidos. Hay médicos, notarios, diplomáticos y hasta presentadores. El calvo, ante la comparación, opta por lo de siempre: esconderse.

Es, ya sabes, persona de cortos recorridos. Su currículum cabe en un sello.

Consciente de sus carencias, cuando puede, se da postín. Como con una prima suya, diez años menor, a la que trata de deslumbrar cuando chatean por el Messenger. A la que puede, el calvo mete una frase en inglés, o se hace el interesante citando una película de Truffaut. A mí es que Truffaut me apasiona, dice, esperando impresionar a su prima. ¿Has visto Los cuatrocientos golpes?, es una obra fundamental, remata.

Cuando apaga el ordenador, el calvo, liberado ya de cualquier escrutinio, se tumba en el sofá. Aparta las revistas de coches con el pie, se rasca la entrepierna y enciende la tele para ver un reality con una cerveza en la mano. Y sí, también eructa.

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viernes, 23 de enero de 2009

VISIONES


El calvo lleva ya unos cuantos meses que duerme como el culo, no sé si lo he comentado alguna vez. Es que a veces me repito, soy consciente: falta de atención, ya me lo decía mi madre.

Pues eso, que apenas pega ojo. Se acuesta y se pasa las horas dando vueltas, con lo que tampoco deja dormir a la rubia, que, con el humor que se gasta, acaba montándole un pollo que te cagas. A veces, por probar -y por evitar broncas-, el calvo se queda toda la noche en el sofá, a ver si el cambio de escenario ayuda. Pero quia: más de lo mismo.

En el sofá, se tapa con un par de mantuchas, acurrucado en posición fetal. Yo, que no es por decirlo, pero estoy a la que salta, aprovecho y me tumbo encima, porque, como sabes, sus lorzas lo hacen confortabilísimo. Al final, mal que bien, se duerme, y ahí empieza lo peor.

El poco rato que logra dormir, el calvo se lo pasa soñando. Unos sueños delirantes, que conozco porque, por las mañanas, se los cuenta compulsivamente a la rubia. Sueña, por ejemplo, con la primera vez que una niña le dio calabazas, cuando tenía trece años. Fue el primero de su ya legendaria serie de fracasos vitales, sin viso alguno de terminar en un futuro próximo. Según comenta, por las noches se le aparece la niña, E. -pongo sólo la inicial por si las demandas: no soy gilipollas-, diciéndole que lo suyo es imposible, que son demasiado jóvenes. Que si tuvieran ya los catorce, otro gallo cantara. El calvo se pasó ese año de hormonas encabritadas contando los días. Cuando por fin llegó la fecha prometida, la muy ladina volvió a obviarlo, esta vez sin molestarse en dar razón alguna.

Se despierta gimoteando, entre sudores.

Esta mañana, sin ir más lejos, mientras desayunaba, ha contado cómo anoche soñó que se presentaba desnudo al último examen de la carrera. Entraba en el aula en pelotas, llevando sólo el DNI en una mano y un boli en la otra. Luego, incapaz de contestar una sola pregunta, dejaba la hoja en blanco y se iba corriendo, entre las risas de sus compañeros.

A veces me pregunto si estoy en buenas manos.

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martes, 13 de enero de 2009

ABISMOS


A los panolis, definitivamente, se les ha jodido la venta del piso. Una catástrofe, según ellos. A mis ojos, no hay cambio alguno: sigo viéndolos igual de pringados. Dura lex, sed lex.

En el fondo, ellos sabían que la cosa no iba a salir. Tanta buena suerte, en su caso, no es posible. La rubia, mismamente: de verse en un todoterrenazo, a comprarse deprisa y corriendo un cochezucho de dos mil euros, para salir del paso. Ya sabes que el suyo se lo destrozaron no hace mucho. Lo que te digo: que los ha mirado un tuerto.

Estos días, el calvo la lleva a que le hagan ejercicios de rehabilitación, porque ha quedado algo tocada del cuello. Cada día, a mediodía, se montan en el coche de él -el superviviente-, y a la clínica. El calvo, así, ejerce de marido solícito, que no le viene mal, de tanto en tanto.

La rubia, estar de baja es algo que lleva fatal. Como es de natural hiperactivo -qué diferencia con el otro, a medio camino entre humano y koala-, eso de pasarse el día en el sofá como que no va con ella. Así va, toda dejada, con una ropa de estar por casa que da repelús.

Yo, por mi parte, le he cogido gusto a subirme a la cornisa de la chimenea. Está calculado: del brazo del sofá, a la tele, de la tele, a la cornisa. Desde allí, al lado del Buda dorado -al calvo es que lo dorado lo pierde: es como las urracas- puedo contemplar todo el salón. Me da una sensación de poder que te cagas.

Parece mentira lo que hace ver las cosas desde las alturas.

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jueves, 1 de enero de 2009

ETAPAS


Parece ser que ha cambiado el año. A mí me la refanfinfla, pero lo que es, es. Ya ves tú la novedad. Un número de cuatro cifras, qué importancia tendrá para regir la vida del mundo entero. Una más de tantas gilipolleces que no ocurrirían si los gatos domináramos la Tierra.

Pero bueno, analizando la situación, veo mal a los panolis. Cuando lo tenían en la mano, ha vuelto a complicarse lo del piso. Encima, a la rubia le dieron un golpe con el coche y ahora lleva collarín. El coche, a la chatarra.

La verdad, esta gente a veces me preocupa. Los veo tan indefensos, en sus penurias, que hasta, muy de vez en cuando, me darían ganas de hacer algo por ellos. Conmigo no se portan mal: hago lo que me da la gana. Cuando quiero comer, como, cuando quiero arañar, araño. Es tal su desazón que, como te digo, les tengo ternura. Hay que ver cómo me ablando. Deben ser las fechas.

Y qué coño, la razón última: es que si ellos van a la ruina, yo caigo detrás. A ver quién me compra el pienso que como. De a catorce euros la bolsa, de veterinario, nada de Mercadonas ni Carrefures. Si es que como mil veces mejor que ellos, que rara vez pasan de la marca blanca. Lo que te comento: que me llevan entre algodones. Va a ser porque no tienen hijos, y descargan en mí las paternidades frustradas. De cajón.

A ver si se soluciona el tema económico y los veo respirar algo más tranquilos. Como promesa de Año Nuevo, me he propuesto ser más empática. A ver lo que duro.

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jueves, 25 de diciembre de 2008

EXCESOS


Pues ya estamos en las famosas Navidades. La verdad, a mí me dan bastante igual: total, son las primeras que vivo. A los panolis, sin embargo, les revientan. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, son alérgicos a las reuniones familiares multitudinarias. Asociales perdidos, no hay más que verlos. Encima no ponen ni árbol siquiera. Con lo que me entretendría tirando las bolas al suelo. Mierda de ateísmo.

Ellos prefieren montárselo solos. Anoche mismo, para la cena de Nochebuena, la rubia puso una mesa que te cagas. Mucho de todo -la mitad, congelado, no te vayas a pensar-, pero lo que más, alcohol. Si esos hígados hablaran.

El calvo llevaba todo el día ansioso por ver el especial de Raphael que daban en la tele. Al empezar el programa, ya con unos cuantos vinos en el cuerpo, se puso a berrear las canciones cosa mala -hasta se subió a la mesa de centro, en pleno delirio-. Llegó incluso a grabarse en vídeo haciendo el imbécil. Yo, desde mi cojín, hacía como que la cosa no iba conmigo.

El calvo es que se ha convertido en un fanático de Raphael. Antes, como lo moderno era abominarlo, lo abominaba; ahora, como lo moderno es idolatrarlo, lo idolatra. Ya sabes que él suele ir donde lo lleva la corriente, como buen chisgarabís.

Otra pasión navideña que tiene son las gambas: en casa de los panolis, otra cosa no habrá en Navidad, pero gambas congeladas, a capazos. Lo observaba engullirlas una tras otra, hasta que perdí la cuenta. Es lo que tiene haber crecido en el extrarradio: que te ponen un plato de gambas y te crees Onassis.

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miércoles, 3 de diciembre de 2008

PENUMBRAS

Creo que nunca lo he comentado, pero en la oscuridad, yo veo de maravilla. Eso, que no necesito luces para llevar a cabo mis quehaceres nocturnos. Si quiero ir a la cocina a comer o aliviarme, voy y ya está. Sin rozar ni un solo objeto, con una precisión cirujana. Como llevar faros incorporados, una cosa acojonante.

Los panolis, sin embargo, para qué contarte. La rubia, por alguna razón que no comprendo, insiste en no encender la luz del pasillo cuando se levanta para ir a trabajar, aunque aún sea de noche. Y claro, se pega unos hostiazos que lo flipas contra el marco de la puerta del baño. De sainete, ya te digo. El calvo, mejor ni mentarlo: si ya no ve tres en un burro a pleno sol.

Los primeros minutos de los días de la rubia son impagables. Cuando por fin consigue entrar y salir entera del lavabo, se va derecha a la cocina -ya con la luz encendida- a tomarse el café. Esa mujer, sin café matutino, no sabe ni cómo se llama. Se lo bebe casi de un sorbo, en pijama, con los ojos aún medio cerrados. Yo, mientras, la observo fascinada. Tambaleándose, va al vestidor, se pone lo primero que pilla -el glamour y ella no se llevan-, y sale dando un portazo porque, como siempre, pierde el tren.

Yo la escucho montarse en su cochezucho y salir disparada hacia la estación, luchando contra el reloj. Es que vive siempre en un perpetuo combate contra sus minutos. Que por cierto, tendrías que ver el coche que lleva. Un trasto del año de la sarna con más bollos que kilómetros. Ahora, para compensar, tiene apalabrado un todoterreno que es casi más grande que la casa entera. En nuestra urbanización, a casi todas las protocuarentonas les da por lo mismo: todoterreno. Cuanto más grande, mejor, que parece que da mucho postín. Encima, los panolis, como el trasto no pasa por la verja de entrada, tienen que hacer obras para ampliarla. Lo que lees.

Tú me dirás si esta gente no está de psicoanalista. Yo, mientras tanto, ante la estupidez ajena, oír, ver y callar. Como me enseñó mi madre.

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jueves, 13 de noviembre de 2008

COMPLEJOS


Lo reconozco: como más. Bastante más, diría yo. Igual es que me puede el aburrimiento, igual es que tiene razón la veterinaria y va a ser por lo de la esterilización. Qué sabré yo, pobre de mí. Yo es que, cuando no sé algo, no me duelen prendas en reconocerlo. No soy de ésas que van dándoselas de lo que no son.

A lo que iba: que algo me debo haber engordado. No puedo asegurarlo porque la única báscula que hay en casa está sin pilas desde hace meses. Y no es que me exclame: aquí nada funciona como debiera. Una anarquía, no te digo más.

El calvo, ayer, cambiando de tema, fue a que le pusieran la vacuna contra la gripe. Algo de hipocondría hay, seguro, pero es que el tipo tiene un sistema inmunitario tan lamentable como su propia persona, y, si no se vacuna, se pone a cuarenta de fiebre en menos que canta un gallo. Cada año pasa una vergüenza que te cagas al ser el único joven que va a vacunarse. Los viejos del ambulatorio lo miran con una mezcla de extrañeza e indignación. Un gandul: seguro que lo hace por faltar al trabajo, parece que comentan. Al oírlos, el calvo se indigna, pero nunca les replica. Horchata en las venas, lo que yo te diga.

Ahora, está pensando en cambiarse otra vez el coche. El calvo es que tiene una adicción con los coches, se los cambia en cuanto se busca una excusa con que justificárselo a la rubia. Una amiga suya psicoanalista dice que es porque, poseyendo coches, compensa la juventud casquivana que nunca tuvo.

En el fondo, al calvo le hubiera gustado nacer millonario, con títulos, en una familia de ésas que tiene un montón de fincas y casas repartidas por el mundo. Salir en las listas de los mejor vestidos, codearse con las estrellas de cine, encamarse con modelos famosas. El calvo es que hubiera matado por ser Porfirio Rubirosa. Lo dice siempre.

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miércoles, 29 de octubre de 2008

TREGUAS


Decididamente, al calvo no hay quien lo aguante. Anoche mismo, no sé qué coño me estaba haciendo -mi memoria a corto plazo es lamentable-, que acabé mordiéndole la mano. No demasiado fuerte, pero en fin, una señal de advertencia, tampoco había para tanto. Pues no veas cómo se puso.

Se lió a gritarme, y yo, por precaución, salí pitando hacia el despacho -no es por falta de valentía, pero dos kilos contra ochenta y siete me dan pocas oportunidades en el cuerpo a cuerpo, afrontémoslo-. Pues el tipo, que me ve entrando, y va y me cierra la puerta, dejándome encerrada. Para que aprenda, vociferaba, que aquí el que manda soy yo. Zarzuelero, no te digo más.

Allí, a oscuras -el muy ladino me apagó la luz, encima-, le concedí cinco minutos de cortesía antes de empezar a maullar. Normalmente, el calvo tiene tan poca sustancia que ni para los castigos sirve, pero oye, que me tiré media hora allí metida hasta que quiso abrirme.

Lo de los maullidos, no vayas a pensar, no provenían del miedo ni de la súplica -hasta ahí podríamos llegar-. Eran, simplemente, muestra de indignación, yo creo que más que comprensible.

Al calvo, ya te dije, le viene todo de lo del piso. Ahora, por lo visto, lo han apalabrado con un comprador, y están a la espera de que se lo tasen y toda la mandanga -ya me dirás tú qué van a tasar si, por lo visto, lo tenían hecho un erial-. De todos modos, entre que por fin, mal que bien, ve la solución a sus penurias y que es un desastre para el papeleo -lo pierde todo-, está hecho un flan. Es cosa sabida que es de los que se ahogan en un vaso de agua.

En aras de la convivencia, lo he estado pensando, buscaré un entente cordiale hasta que escampe. Él no me encierra y yo no le muerdo. Sencillísimo.

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viernes, 17 de octubre de 2008

AUSENCIAS


Esta noche estamos el calvo y yo solos. La rubia se ha ido de jarana con unas amigas. Para recordar viejos tiempos, seguro. Cosas de protocuarentonas.

El calvo es que es bastante Adán. Es irse la rubia, y ya está cenando porquerías en el sofá. Le ha dado por hacer cuscús -precocinado, no vayas a pensar-. Como se lo come en plan romano, medio tumbado, luego se quedan los cojines llenos de migas. Y adivina a quién se le acaban enredando en el pelo.

Siguiendo con la comida, a mí me han cambiado el pienso, no sé si lo he mencionado. Parece ser que cuando te esterilizan, te da por cebarte y te pones como un globo. Eso dicen los panolis. Piensa el ladrón que todos son de su condición.

Ya me ves a mí, que apenas hago dos kilos y medio, toda esbeltez. Ochenta y siete pesa el calvo. Que ya, más que pesar, gravita.

Y no me extraña. Como te digo, más que comer, engulle. No se va a poner el señorito a hacerse un buen filete, unas buenas lentejas. No. Guarradas de supermercado, de ésas que van envueltas en plásticos de colores.

Eso sí, como te digo una cosa, te digo la otra: ahora, con el barrigón que ha echado, se ha vuelto comodísimo. En su regazo me echo unas siestas que ríete de los colchones ésos que anuncian por la tele.

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jueves, 16 de octubre de 2008

SUSTANCIAS


Ayer me quitaron los últimos puntos. Me cogió el calvo a traición, me metió en el cestucho ése que tiene para transportarme, y veinte minutos más tarde estaba panza arriba en la mesa del veterinario.

Que según dijo, tengo la herida prácticamente cicatrizada del todo, se ve que soy de buena constitución.

Pasé un poco de repelús, ya sabes que ir al veterinario me da respeto, pero en fin, hecho está. Al salir, el imprudente del calvo va y me pone al lado de un perrucho de ésos con las orejas largas, que estaba sobre el regazo de un niño. Cómo no, me bufé. Unos bufidos que la concurrencia flipó. Y eso que estaba dentro del cesto. El perrucho, como si oyera llover. Lo que yo te diga: no tienen sangre en las venas.

Ya saliendo, el calvo empieza a quejarse de que les destrozo el sofá -cosa cierta: lo que es, es-. Pues no va el matasanos y le recomienda un líquido que, enchufado a la corriente, desprende no sé qué feromonas y, según él, me dejaría mansa como un corderito. No se lo compró -el calvo nunca tiene un duro-, pero quedó en volver el lunes a por él.

No pienso permitirlo. Yo, si hay que arañar, araño, y si hay que morder, muerdo. A mí que no me vengan con potingues. Que se los beba el calvo y luego le hagan el control antidoping.

Hay que joderse.

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lunes, 13 de octubre de 2008

DECADENCIAS


De un plumazo, he dejado de interesar. Sin venir a cuento, sin avisar. Por razones que no alcanzo a comprender, el número de visitas a estas memorias en directo ha caído cual plomo. Las cifras cantan.

Antes, me leían desde China, Ecuador, Paraguay, Estados Unidos, Australia. Lugares remotos que sólo puedo conocer de oídas, o de leídas, para ser más exactos. Pero mira, las cosas vienen como vienen, y a mí me han venido así.

No voy, sin embargo, a desanimarme: tengo mucho que decir, y pienso decirlo. Aunque nadie me entienda. Aunque nadie me lea.

Es cosa sabida que el candelero es lugar ingrato, de idas y venidas. Lo asumí el día que inicié este testimonio. Ya vendrán tiempos mejores, y a mí, la paciencia, me sobra.

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jueves, 9 de octubre de 2008

PENURIAS


El calvo se está dejando barba. De vez en cuando, le da por reinventarse. Como no tiene pelo en la cabeza, se lo deja en la cara. Lo malo es que en la cara tampoco tiene demasiado. Lo único que le sale recia es la perilla. Y encima, ahora, canosa.

Es cosa sabida que los calvos arrastran un complejo que te cagas. Aunque, como él, lo nieguen. Secretamente, les gustaría, por compensación, llevar unas melenas hasta el culo. Pero, como no pueden, ya te digo, prueban con barbas, bigotes y similares. Que no es lo mismo, pero ayudan a reivindicar su virilidad. Según ellos, claro.

Lleva unos días taciturno, y con un humor de perros. Es que los panolis tienen un piso a la venta desde hace meses, y no lo venden ni para atrás. Se conoce que la cosa les preocupa. Siempre están con el piso en la boca. El puto piso, la mierda ésta de crisis, dicen. Venga tacos. Yo, la verdad, no me pronuncio: no lo he visto. Se mudaron a la casa antes de llegar yo.

No sé yo, la verdad, si me hubiera hecho a vivir en un piso. Aquí, a ras de suelo, y en pleno campo, las cosas se ven diferentes. Entran hormigas, por ejemplo. Llevamos unos días enhormigados. Cuando me aburro, las persigo y me como unas cuantas. No son gran cosa, pero cumplo con mi cuota de exotismo.

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martes, 7 de octubre de 2008

ESTACIONES

Por suerte, ya han terminado de darme la medicación. Que la verdad, era una auténtica tortura: los panolis, entre los dos, tratando de inmovilizarme. Uno abriéndome la boca y el otro -él, siempre él- metiéndome la pastilla hasta el píloro. Que yo, no te vayas a pensar, a bocados y a arañazos, hasta ahí podíamos llegar.

Pero en fin, que, excepto este leve detalle, felizmente superado, la cosa sigue viento en popa. Lo que me noto es como más tranquila. E incluso, maldita sea, más cariñosa. Esto va a ser por la pérdida de hormonas. Como si lo viera.

Por lo demás, en esta casucha ya va refrescando. Suerte del parquet, ya te dije. Pero la biblioteca -por llamarla de alguna manera- es una auténtica nevera. No quiero ni pensar lo que va a ser de nosotros cuando llegue el invierno. Bueno, lo que va a ser de mí. Ellos, que se espabilen.

Menos mal que ya han sacado las mantas para el sofá, y quieras que no, la siesta me la echo bien calentita. A veces quieren quitármelas, cosa que yo resuelvo hábilmente con un mordisco a tiempo.

Cada uno, en su sitio.

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viernes, 3 de octubre de 2008

VENTAJAS


Desde luego, hay que reconocer que tengo una salud a prueba de bombas: dos días después de la operación, y estoy ya como si nada. El picor ha desaparecido casi del todo, y mi libertad de movimientos está a más de un 90%. Qué más puedo pedir.

Los panolis están preocupados por si se me infecta la herida. Es que pretenden ponerme un brebaje desinfectante a golpe de gasa. Lógicamente, yo no me dejo, así que anoche, el calvo llamó alarmado al veterinario. Que, por cierto, le contestó -cito textualmente las palabras del calvo- que, al ser yo gata, y por ende, limpísima, no debía preocuparme. No es necesario ningún producto milagroso. Que si fuera perra -lo dice él, no yo- sería otra cosa, porque ya se sabe que las perras tienden a enmierdarse -palabras textuales, insisto-, y claro, las complicaciones son más previsibles.

Todo esto no hace más que reafirmarme en mi conocido racismo hacia todo lo cánido, así que, para no repetirme, paso página.

Ahora parece ser que me cambian el pienso: me ponen uno específico para gatas esterilizadas. La verdad, no me parece ni bien ni mal. Ya sabes que soy austera en el comer.

Lo que me preocupa, ya te digo, es el tema cosmético. Cuánto va a tardar en crecerme el pelo de la barriga. Estoy algo ridícula con toda esa piel rosa al aire. No es por decirlo, pero yo tengo un pelaje que lo flipas. Las cosas como son.

A lo que iba: que estoy satisfecha, vamos. A nadie le gusta que la rajen, pero mira, vivo como una maharaní, así que, seamos realistas, algún precio tendré que pagar. Mira a mi madre: entera pero en la puta calle.

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jueves, 2 de octubre de 2008

SECUELAS


Pues sí, ya estoy esterilizada. Fuera útero, ovarios y toda la mandanga. No he tenido tiempo siquiera de plantearme si quería ser madre. Es lo malo de ser gata: que no te tienen en cuenta a la hora de las decisiones.

Seré franca: el quirófano me dio repelús, aunque, a la hora de la verdad, la cosa fue relativamente sencilla. Un pinchazo en una pata, anestesia y adiós. Lo siguiente, despertarme atontolinada al cabo de un par de horas.

Anoche, la verdad, estaba algo jodida. Quieras que no, la herida te limita los movimientos, aunque he podido seguir subiéndome de un salto al sofá sin demasiados problemas.

Desde aquí te lo digo: lo peor, la estética. Un costurón del quince en plena panza. Si encima le añades el afeitado correspondiente, estoy como para salir en la tele. Con lo que yo he sido.

Más que dolores, lo que siento es como un picazón, amén de la sensación extrañísima de tener medio vientre recosido. A veces me lamo el rajón, a ver si se me pasa el picor, pero no hay tu tía.

Encima, me tienen que medicar durante casi una semana. Esta mañana, a traición, el calvo me ha abierto la boca y me ha echado dentro una pastilla que me ha llegado a lo más profundo. Al tratar de respirar, me la he tragado sin querer. El muy cabrón, parece que no, pero sabe lo que hace.

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miércoles, 24 de septiembre de 2008

VIRAJES


Tengo que reconocer que los panolis, a veces, aciertan. Como cuando, en la última reforma, decidieron poner el parquet. Ahora que viene el frío, es la mar de agradecido. Por lo calentito y todo eso. Que parece ser que es porque lleva no sé qué capa aislante, pero desde luego, que da gusto tumbarse.

No hay comparación con la cocina o el cuarto de baño. Allí, azulejo puro y duro. Se te hielan las patas. Lo digo por experiencia, que conste.

El parquet, lo único, es que es poco adherente. Yo misma derrapo en las curvas del pasillo a la que elevo un poco la velocidad. El pasillo es que es bastante jodido. Yendo a paso tranquilo, no presenta dificultad alguna, pero a la que aceleras, la curva del despacho -el cuartucho del ordenador, recuerda- al comedor se vuelve toda una horquilla.

La clave está en el juego de caderas. Impulsarse lo justo saliendo de una puerta para entrar por la otra sin estamparte contra el zócalo. Yo, ahora mismo, soy capaz de recorrerme la casa entera a todo correr casi sin tocar con nada. Cuando noto que pierdo el control de las patas traseras, clavo las delanteras y enseguida estoy otra vez derecha. Menos en la curvita de los cojones, que, por más que haga, me voy contra una esquina. Los planos, que se hicieron mal, la cosa está clara.

Si los gatos fuesemos arquitectos, estas cosas no pasarían.

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