jueves, 16 de octubre de 2008

SUSTANCIAS


Ayer me quitaron los últimos puntos. Me cogió el calvo a traición, me metió en el cestucho ése que tiene para transportarme, y veinte minutos más tarde estaba panza arriba en la mesa del veterinario.

Que según dijo, tengo la herida prácticamente cicatrizada del todo, se ve que soy de buena constitución.

Pasé un poco de repelús, ya sabes que ir al veterinario me da respeto, pero en fin, hecho está. Al salir, el imprudente del calvo va y me pone al lado de un perrucho de ésos con las orejas largas, que estaba sobre el regazo de un niño. Cómo no, me bufé. Unos bufidos que la concurrencia flipó. Y eso que estaba dentro del cesto. El perrucho, como si oyera llover. Lo que yo te diga: no tienen sangre en las venas.

Ya saliendo, el calvo empieza a quejarse de que les destrozo el sofá -cosa cierta: lo que es, es-. Pues no va el matasanos y le recomienda un líquido que, enchufado a la corriente, desprende no sé qué feromonas y, según él, me dejaría mansa como un corderito. No se lo compró -el calvo nunca tiene un duro-, pero quedó en volver el lunes a por él.

No pienso permitirlo. Yo, si hay que arañar, araño, y si hay que morder, muerdo. A mí que no me vengan con potingues. Que se los beba el calvo y luego le hagan el control antidoping.

Hay que joderse.

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