martes, 25 de noviembre de 2008

BLANCOS

Es curiosa esta afición mía por meterme en todas partes. Ya llevo unos días que, en cuanto puedo, doy un salto y me meto en la bañera. Qué chorrada, dirás. Pues puede ser, pero mira, que lo hago.

Esto de ser felino comporta eso, lo que te cuento, que estás siempre a la que salta. Y yo, metiéndome en la bañera, debo responder a algún instinto desarrollado hace millones de años vete a saber para qué. Pero oye, que me encanta.

Con la reforma, los panolis instalaron una bañera de fibra. Y qué importa el material, dirás. No te culpo: es lo que tiene no entender del asunto. Importa, y mucho. Las bañeras de fibra son calentitas al tacto, no se vuelven gélidas como las metálicas, y en mi situación, con cuatro patas almohadilladas, la diferencia es más que notable, y se agradece. Aclarado el asunto.

Lo que sí es imposible es tratar de trepar hacia las paredes: resbala cosa mala, y, obviamente, clavar las uñas es imposible, así que me paso el rato dando culazos hacia el fondo. Cuando me canso, eso sí, salto fuera, y a otra cosa.

Pues todo esto, ya ves, parece que molesta mucho al calvo, que, en cuanto me ve dentro, ya me está gritando. El muy psicópata, hasta amenaza con cerrarme la mampara y abrir la ducha a saco. De manicomio, lo que yo te diga.

Supongo que lo que le cabrea es que, a veces, tiro los botes de gel, las esponjas y toda esa quincalla que tienen allí amontonada. Pues que no los dejen, ya ves tú.

Pero mira, no me hago mala sangre. Cuando me harte, una noche, de madrugada, entro, pongo el tapón, abro los grifos y que vayan llamando al seguro. Eso, si es que lo tienen.

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miércoles, 8 de octubre de 2008

SILENCIOS


Esta vez me he superado. Te explico: ya sabes que me gusta quitarme el collar a la que puedo, por el coñazo del cascabel. Pues bien, cuando me lo quito, lo escondo donde primero pillo, para evitar que el calvo vuelva a enchufármelo a la primera de cambio. Lo malo es que siempre lo encuentra, y hala, otra vez el puto tilín.

Pero hoy, lo he escondido lo que se dice bien escondido. Ya te digo yo que no lo encuentra. Y ahora, si quiere cascabel, que compre otro. Que éste, con lo gandul que es, con tal de no salir de casa, me veo libre de tintineos hasta el siglo que viene. Eso que gano.

La verdad, en algo sí que tiene razón: estoy destrozando el sofá. Como te lo cuento. Cuando me aburro, me pongo a hacerme las uñas, y estoy dejando los brazos que da pena verlos. Pero mira, te lo digo: cuando siento venir el remordimiento -no soy de piedra-, lo combato pensando que si quieren gata, que apechuguen con las consecuencias. Ya me dirás tú dónde se ha visto un félido que no arañe los muebles. Es algo innato, la misma palabra lo dice.

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martes, 16 de septiembre de 2008

INSPECCIONES


Ya van varias veces que me sorprendo olisqueando entre la ropa interior de los panolis. Como son tan desastres, se dejan la puerta del armario abierta, y zas, allí que voy.

Que me he llegado a preocupar, por si fuera esta manía mía de olisquear calzoncillos, bragas y sujetadores alguna parafilia sexual en estado latente. Una nunca termina de conocerse, ya sabes.

Ya más calmada, creo que lo que me mueve es la pura curiosidad hacia algo que yo jamás usaré. Es que yo, como es lógico, me muevo desnuda por la vida. Como mi madre me trajo al mundo, a excepción del collar, claro. Soy como esos gatos de dibujos animados que sólo llevan un sombrero o una corbata. Los humanos soléis trasladarnos vuestra ridiculez. Por eso, en cuanto puedo, me quito el collar. Yo es que estoy por el naturismo, huelga decirlo.

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sábado, 13 de septiembre de 2008

VERICUETOS


Ayer me metí en la lavadora. La vi abierta, cargada de ropa, y no pude evitar entrar a echar un vistazo. A mí es que la ropa amontonada me apasiona. Actúa como de colchón mullido. Ideal para revolcarse.

Ya he dicho muchas veces que yo es que me meto en todas partes. Es una de las principales ventajas de ser gata. Que te metes donde te da la gana. No como la perra del vecino, que con sus treinta y pico kilos, aún gracias que puede meterse en su caseta.

Ya digo, la agilidad es patrimonio nuestro. Saltas hasta donde quieres, te cuelas donde te sale de las narices. Ideal, vamos, y no es porque yo lo diga.

Un sitio que me atrae profundamente, por lo prohibido, es el garaje. Me tienen ultrarrestringida la entrada. Es que cuando me cuelo, lo primero que hago es meterme debajo del coche. Y claro, se lían con un palo de escoba a ver si me hacen salir. Me puedo tirar así un cuarto de hora. El calvo pilla unos cabreos que te cagas.

Y por cierto, que me llevé otra bronca por esparcir la arena por la cocina. Es que, cuando me la cambian, es verla tan limpia, con ese olor a nada, que de la pura excitación, me lanzo dentro a revolcarme y los granitos salen despedidos a varios metros de distancia. Y ya tienes al calvo gritando.

Yo creo que lo que le pasa es que está amargado.

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martes, 9 de septiembre de 2008

TIRRIAS


A veces, sin darme cuenta, me precipito. Como ayer mismo, que dije que uno de mis anhelos es sentirme realizada. Y no. No es que no quiera, en el futuro, complacer mis expectativas, es que no soporto a quien a eso lo llama realizarse. Y por qué lo dijo, pensarás. Pues por eso, porque me precipito, porque quiero expresar una idea, y en el camino me atropello.

No es otra cosa que precipitarse hacer uso de expresiones que, ni van con una, ni te satisfacen. Y es que yo soy mucho de cuidar el lenguaje. Me gusta el habla franca, lo que no quiere decir vulgar. Si hay que decir cagar, se dice, pero con educación, que diría aquél.

Lo de la realización personal es que me da una manía que no puedo. Yo es que soy muy de manías. Cuando le cojo manía a algo o a alguien, es para toda la vida. Primero empieza un ligero resquemor, luego, viene la manía, y, finalmente, el desprecio.

Aún así, entiendo que, para mis enemigos, el desprecio es casi un honor. Ser despreciado significa, al menos, ser tenido en consideración -aunque sea mala- por el otro. Es muchísimo peor ser ignorado. Y a mí, ya sabes, no me gusta que me ignoren.

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sábado, 16 de agosto de 2008

VIOLENCIAS


No me gusta recurrir a la violencia, pero a veces no hay más remedio. El calvo tiene el puñetero vicio de rascarme la barriga cuando estoy echando la siesta. En un segundo, una pasa de estar durmiendo tan tranquila a convertirse en el objeto de juego de un chisgarabís. Y mira, no.

Lamentándolo mucho, me lanzo a morderle la mano. En la calle aprendí que hay que hacerse respetar. La calle es que curte mucho. Al mismo tiempo, practico algo de estrategia de caza. Yo creo que los panolis éstos me van a mantener mientras viva, pero por si acaso, procuro no dejar de lado mi formación. Yo es que soy de las de nadar y guardar la ropa.

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viernes, 15 de agosto de 2008

ADICCIONES

Llevo un par de días que me ha dado por las toallas. Ya de siempre que me ha llamado la atención la ropa en general, especialmente cuando tienden una lavadora. El tendedero la deja casi a ras de suelo, y me encanta meterme en medio. Por el olor a suavizante, que los atrae, dice una amiga de la rubia. Pues será.

Pero oye, que es ahora ver una toalla y es que me lanzo. El otro día, no sé cómo, amanecí con una toalla de las grandes en mi cojín del comedor. El calvo flipó. La que usan para secarse las manos ya la he tirado al suelo dos o tres veces. Como el toallero no es muy alto, zas, zarpazo y ya es mía. El calvo se cabrea cada vez que las encuentra. Claro, es que tirarlas es fácil, pero volverlas a colgar, con mi escasa estatura, lo tengo jodido. Eso, que me pillan siempre.

Habrá que perfeccionar la técnica.

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